A veces, cuando no estás, observo esa ventana de añil —ya blanco—, en la que guardas el mar. Y hago como que olvido, como que no existes… que no sé quien eres, ni conozco tus manos. Y en verdad no sé quien eres, no sé, ni si no eres, ni donde estás… si estás. Porque no sé nada de ti. Entonces, lloro a escondidas, porque los días pasan, porque el tiempo se va, y porque me duele la vida. Porque a veces, cuando no estás, oigo cristales que se rompen y me hieren entre las sombras, a resguardo de la vergüenza. Entonces, la ventana te añora, y mis lágrimas se mezclan con las del mar… el mar, que tú mirabas. Porque sucede que a veces, a veces, vivir me cuesta tanto, que noto que tu ventana me mira, y sonríe confiada, y canta: “…Ya sé que estoy piantao, piantao, piantao; yo miro a Buenos aires, el nido de un gorrión…”. Entonces, me acobardo, dejo de llorar, me oculto de mi alma, y aún pienso que… pero no. Entonces, regreso al trabajo, frente al mar —pero sin él—, junto a la vieja ventana, esperando la nada, sentado. Será que lloro para nadie, será que no sé llorar, que la razón no me encuentra y el mar… ¡ah! el mar. Mas, me queda tu recuerdo… y aquel añil -ya blanco- de tu vieja ventana. ¡Casandra de madera! Me quedan las gaviotas —supongo—, y la brea… y me queda la silla, y las paredes oscuras. Y me quedo yo, sin ti; triste, junto al mar triste, porque el mar te echa de menos, como solo el mar puede sentir.
A veces, cuando no estás, observo esa ventana de añil —ya blanco—, en la que guardas el mar. Y hago ...